Image Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Magnolia Smart | December 14, 2017

Scroll to top

Top

Voy y vengo by Cata Jack

Voy y vengo by Cata Jack

| On 18, Sep 2014

Esta semana Cata Jack nos manda desde NY algo que escribió. Enjoy!

UN MES

Se despiertan con notificaciones de aplicaciones que anticipan todo lo que hay que saber y una agenda que promete un presente rutinario. Es la ciudad donde todos saben a qué hora va a llover, donde las mujeres tienen el esmalte quebrado porque no tienen tiempo; ni siquiera tienen media hora para sentarse a desayunar. El café se pasea desde muy temprano en la mano izquierda. En la mano derecha está el celular notificando; siempre está notificando. No necesita tener sonido porque siempre está prendido como marcapasos que elige el ritmo de los que tienen miedo.

En esta ciudad a nadie le interesa qué le pasa al otro porque no tienen tiempo. Necesitan aprovechar esos minutos fuera de los túneles. Nadie mira por las ventanillas. Para ellos el aire libre significa que hay señal y tienen que responder mensajes porque tienen miedo de pasar la noche solos. Miedo a que la soledad dure para siempre. No existe ese instante para besar la mejilla del otro o para abrazarse. No hay espacio para el diálogo porque hay apuro y así no pueden conocerse. Tienen miedo. No se conocen pero tampoco tienen tiempo de conocerse. Mantienen el silencio en todo momento: en un ascensor, en una fila, donde sea.

Pude ver que llevan auriculares y generan la intriga de saber qué están escuchando. Todos traen una cultura que no quieren compartir porque es distinta y seguramente más humana. Tienen miedo de no pertenecer a esta ciudad que te invita a ser parte y puede darte lo que te haga falta para quedarte. Incluso puede venderte los libros leídos en voz alta porque leer lleva horas y los autores saben que en ésta ciudad ese placer les resulta cada vez más ajeno. En esta ciudad, el placer tiene que ver con tener más tiempo para el sexo o, a lo sumo, para la familia.

Los que están de paso pueden ver esta ciudad como retrato de la imagen diseñada por autores como Hemingway; autores que desde la literatura trataron de explicar la residencia como la única manera de entender lo que pasa en este lugar. En esta ciudad, el día es la construcción de un destino que promete ser mejor. Mientras que el futuro llega, lo banal puede ser postizo: busto, pelo y pestañas. Nadie tiene un ser querido que les diga cuál es la vestimenta indicada para la ocasión. Hay que salir como sea porque el tiempo se acaba; porque es caro vivir en una ciudad donde no hay tiempo. Por eso, siempre están corriendo. Corren para poder seguir llenando la heladera de toneladas de basura que se vence antes de que recuerde haberla comprado. Comen mal porque un buen almuerzo se consume al recurso escaso: el tiempo. Corren para decir que corren porque creen que hace bien. Correr para alcanzar ese subte que va a volver a pasar en cinco minutos. Tienen miedo de que esos minutos en el andén se conviertan en una oportunidad perdida en esta ciudad donde todo es descartable y nadie es imprescindible porque hay mucho de todo (‘so much cargo’ como le gusta decir a Jared Diamond).

Todos tienen miedo cuando llega la noche, porque esta ciudad iluminada esconde una realidad más pintoresca que prefieren desconocer. Las escenas cotidianas del robo, adictos y locura se convierten en el único espectáculo en cartelera para el cual siempre hay entradas. La luna mira con desprecio a los que corren con miedo de llegar tarde a su casa; corren sin saber que una cita no planificada puede traer al presente ese destino que quizás todos los días toma un tren equivocado. De noche, los celulares tampoco suenan y las notificaciones iluminan las caras cayendo como cascada. Se escucha de fondo Gymnopédie No. 1 de Erik Satie, mientras los extraños conversan para perder el tiempo.

Cuando la jornada de trabajo termina hablan de lo que les pasa a ellos porque no les interesa el resto de mundo. Lo importante está pasando aquí y ahora. Se dan el lujo de disfrutar unos minutos del verano tomando una cerveza mientras cuentan lo que sueñan. Tratan de no dejar en evidencia que sueñan con tener tiempo. Imaginan una vida sin esa música que se repite: el constante sonar de las sirenas de ambulancias, policías y bomberos. Esos hombres tan bien uniformados son un ejército que lucha incesantemente contra el miedo.

Pude ver ese miedo en los ojos de un extraño y le devolví una sonrisa. Ese hombre llevaba un traje de lino azul y una camisa blanca con gemelos de plata. Era mediodía pero él parecía estar recién salido de la ducha, estrenando esa corbata al tono con el pañuelo violeta de bolsillo que combinaban perfectamente con sus zapatos y cinturón marrón claro. Me sostuvo la mirada durante un minuto que quiso ser eterno. Esperábamos enfrentados y en silencio que el semáforo cambiara, rodeados por la impaciencia de turistas perdidos e inquietos que caminan mirando arte de reojo y no pueden seguirle el ritmo a los miedosos.

Cuando cruzamos la calle y nuestros cuerpos se rozaron pude reconocer su perfume; fue lo más cercano a una caricia que sentí en este mes lejos de mi ciudad. Yo escuchaba Chopin –Preludio en Mi menor Op. 28 No. 4– y me pregunté si él, alguna vez, tuvo tiempo de escucharlo. Me hubiera gustado ponerle mis auriculares para que sienta el ritmo de los que tenemos tiempo y no tenemos miedo. Ese es el ritmo que trato de darle a mi vida de estudiante, sola y sin tus besos en Nueva York.

Para seguir el blog de Cata Jack les dejamos el link:

http://catajack.wordpress.com/

PH: Cata Jack