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Magnolia Smart | February 20, 2018

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Voy y Vengo by Cata Jack

Voy y Vengo by Cata Jack

| On 27, Apr 2015

Ocho Meses

Hoy en Magnolia Smart les dejamos un texto de Cata Jack desde New York, les recomendamos seguirla twitter como @catajack  o en su blog Voy y Vengo que comparte siempre con nosotros!

Vivir en la capital de la moda tiene un enorme beneficio: a nadie le importa lo que tenés puesto. Mi apariencia como estudiante no es una prioridad y tomé una decisión drástica. Nunca más en mi vida voy a dedicar tiempo a las prendas que elijo vestir. Me gusta pensar que encontré mi uniforme de vida.

Una joven diseñadora neoyorkina hoy impone una tendencia que practico hace ocho meses en silencio. Explicó en la revista Harper’s Bazaar porque se viste de la misma manera hace tres años. Creo un uniforme para su jornada laboral y el mundo parece sorprendido. Esta noticia ya desembarcó en Buenos Aires mal traducida. Ya lo decía el libro mas vendido de los últimos cincuenta años. Lastima que nadie lo lee: “También, en cuanto al asunto de ropa, ¿por qué se inquietan? Aprendan una lección de los lirios del campo, cómo crecen; no se afanan, ni hilan; pero les digo que ni siquiera Salomón en toda su gloria se vistió como uno de estos”.

La ropa en Estados Unidos es mucho más accesible que en Argentina pero desde que estoy acá mi consumo en la industria de la moda dio un giro inesperado. No compro ropa y sólo reemplazo prendas básicas en colores blanco y negro. El deterioro es mi único motor de compra. Mudarse de país o viajar constantemente puede implicar el desafío de que las prendas combinen y te permitan asistir a eventos formales e informales en una misma jornada. En ese sentido, los colores del ajedrez jamás me defraudan. Pienso en el uniforme de: la escuela pública, los científicos, los médicos, la policía, las religiones, los ejércitos, los deportes y las fábricas. En algunos ámbitos profesionales parece haber una regla inviolable: Los hombres van de traje. ¿Y las mujeres? Las mujeres quien sabe.

Fui doce años a un colegio que me obligaba a usar uniforme. Me vestía sin pensarlo. Un lunes desperté para ir al colegio como siempre, con la voz de mi papá diciendo “Arriba, Cataaaa”. Esa última vocal dicha por cinco segundos hasta que me levanté de la cama y supe que algo había cambiado. Mi uniforme no estaba listo sobre la silla del escritorio.

Me acerqué a la cómoda de madera; me sostuve con ambas manos de las manijas de bronce del cajón que me duplicaba en tamaño. Respire despacio con los ojos cerrados, con el temor de no poder abrirlo. Sabía que ahí guardaban mi ropa. Tiré con tanta fuerza que el cajón quedo muerto en el piso. Con cuidado volví a ponerlo en su lugar y elegí camisa blanca de manga corta, bombachudo y medias azules de las que no picaban. Me vestí en la oscuridad como si supiera hacerlo sola. Metí las piernas en la pollera azul de tablas para mantener el gancho abrochado y luché con la hebilla de la cintura para que la solapa quedara de frente. No supe hacerme la corbata y preferí esconderla debajo de las remeras de gimnasia.

Me abrigué demasiado y puse los guantes blancos en el bolsillo izquierdo del blazer por si hubiera acto. Me miré los zapatos marrones con falta de lustre mientras me ataba el pelo con una gomita y una cinta roja porque no encontré la verde. Cerré el cajón despacio. Hice lo que pude, tratando de no despertar a mi hermana, que ya para ese entonces, era alumna universitaria. Vi que mi cuaderno y mi cartuchera estaban sobre el escritorio. Los puse dentro de la mochila brasilera. Mientras bajaba a desayunar entendí lo que estaba pasado. Mi mamá se había ido.

El uniforme tiene ese poder fascinante de igualarnos para apartar los prejuicios. Me hace bien pensar que la gente me juzga por lo que soy y no por como me veo. Me gusta vivir en un lugar donde nadie hace referencia a lo llevas puesto pero extraño que mi mamá me diga que estoy saliendo desabrigada.

Desvestirse se transformó en el nuevo instante de placer de la vida adulta, y ahí no hay moda a la venta que reemplace nada. Me encanta que el chico que me gusta me diga que estoy linda. Uno se viste para todos pero se desviste nada más que para pocos.

Cata Jack’s Blog: Voy y Vengo